Cuatro filmes que te ayudarían a comprender la situación del Covid-19

Ha empezado el año 2021. La pandemia de Covid-19 sigue siendo la principal preocupación mundial. Sin embargo, la forma en que los gobiernos han abordado la unidad de sus pueblos ha sido defectuosa, pues hay muchas actitudes que no se cierran en torno a las medidas sanitarias ni al compromiso personal por el respeto a la cuarentena. Pensando en ello, he propuesto cuatro películas que pueden ayudar a crear esa convicción en un ambiente de adversidad a fin de generar una respuesta más favorable a esta situación global que vivimos.

 

La guerra de los mundos

Como primer punto destaco el filme basado en la novela de H. G. Wells titulada La guerra de los mundos. Este notable escritor nacido el 21 de septiembre en Brownley, Inglaterra,  a parte de escribir, también era historiador, filósofo y naturalista, término que se usaba en el siglo XIX para designar a la biología, es decir, contaba con las bases científicas del momento para proponer una estrategia política que creara una identidad etiológica común.

Wells nos habla de una invasión alienígena proveniente de Marte, probablemente la primera versión que surgió en la literatura de ciencia ficción. En 1938, Orson Welles hizo un doblaje radiofónico. Muchos oyentes no escucharon la introducción donde el actor explicó que se trataba de una caracterización y cayeron en pánico cuando escucharon que eran víctimas de una aniquilación exterior. En 1953 se realizó el primer filme con Gene Barry y Ann Robinson en los papeles estelares, bajo la dirección de Byron Haskin.

En 2005, Steven Spielberg presentó una nueva adaptación con Tom Cruise en el estrellato. Ambas son buenas, sobre todo cuando nos invita a crear un sólo bloque humano para enfrentar una amenaza contundente, la cual no siempre se une para combatir sus propios males. La idea del escritor inglés es que el hombre sólo dejaría atrás rencores y diferencias cuando algún temor global y poderoso ponga en riesgo su integridad como especie; algo que podría estar sucediendo con el actual coronavirus.

 

 

Viento negro

 

Servando González dirigió esta película en 1964. Trata de un equipo de ingenieros que hace el trazado de la vía férrea a través del desierto de Altar, en Sonora. Estos van en avanzada haciendo los cálculos y mediciones por donde pasaría el ferrocarril. El grupo sufre un percance debido a la explosión del combustible que llevaban en la camioneta en la que se desplazaban y quedan totalmente vulnerables e indefensos en medio de las dunas.

El padre de uno de ellos, protagonizado por David Reynoso, organiza a petición de la SCOP un rescate para hallarlos, pero los ingenieros, entre ellos su hijo (Enrique Lizalde) deciden avanzar al frente en lugar de regresar, tratando de alcanzar al grupo que viene del norte; esta elección les cuesta la vida.

En la cinta, Reynoso es un capataz duro y fielmente responsable de los objetivos que debe alcanzar la paraestatal. Su superior, caracterizado por Rodolfo Landa, mejor conocido como Rodolfo Echeverría, le ordena que suspenda el trabajo y proceda a rastrear al grupo de avanzada. La historia muestra actos de valentía y solidaridad como la de un indígena, en la persona de Jorge Martínez de Hoyo, que pierde algunos dedos por evitar una catástrofe ferroviaria que le hubiera costado la vida a varios trabajadores. El Chiquilín (Gerardo Zepeda), que odia al capataz por lo duro que es, se ofrece como voluntario. A la voz de «Son chavos, yo sí voy», este soldador fortachón se une a la misión pese a las diferencias que ha tenido con su jefe inmediato y que los ha llevado incluso a enfrentamientos físicos.

El desenlace es dramático pues cuando llegan al lugar los ingenieros están muertos, pero hallan en una libreta los cálculos para el trazado ferroviario, demostrando que el cumplimiento del deber es también una forma de unirse ante la desgracia y de mantener la firmeza de carácter ante la adversidad.

 

 

ID4 (Independence Day 4)

 

Tal vez me critiquen por seleccionar esta película, pero les aseguro que nos muestra que debemos estar unidos y actuar como un todo ante un enemigo común e implacable. La dupla formada por David Levinson (Jeff Goldblund) y el Capitán Steven Hiller (Will Smith), dos personales totalmente diferentes tanto en creencias como en actitud a la vida, son los salvadores de la Tierra contra una invasión extraterrestre, comisionados por el presidente Thomas Withmore (Bill Pullman) a bordo de una nave que era estudiada en el Area 51.

La Tierra sufre un desembarco alienígena el 2 de julio. Decenas de naves gigantescas se posicionan en las principales ciudades terrestres en espera de la orden para usar sus armas de exterminio, lo cual sucede ese mismo día. El Capitolio y la Casa Blanca desaparecen entre las llamas causadas por el láser poderoso de los extraños. El 3 de julio, se ordena un contraataque que no prospera pues la nave alienígena está bien protegida. A bordo del Air Force One, el presidente llega al Area 51 donde descubre que han estado haciendo experimentos con un platillo volador que cayó en los años 50. A bordo de éste, Levinson y Hiller logran llegar a la nave nodriza, donde cargan un virus informático que desarma sus defensas y, de paso, le dejan una bomba nuclear que la destruye completamente. El resto es historia.

La importancia que le veo está en el discurso de Bill Pullman diciendo «Humanidad, esa palabra tiene desde hoy un nuevo significado. Tenemos que dejar a un lado nuestras insignificantes diferencias. Estaremos unidos por un sólo interés…» En la toma aparecen personas de diversas razas y complexiones con rostros emotivos que respaldan la frase: «vamos a vivir, vamos a sobrevivir: hoy celebramos nuestro día de la independencia».

Nuevamente se toca el tema de que la humanidad no puede lograr nada si no está unida para enfrentar sus males; para encarar aspectos que, por si no lo han visto, son medidas de guerra como la cuarentena, la sana distancia y el irremediable uso del cubrebocas, tal y como si fuéramos soldados atrincherados en la Primera Guerra Mundial para protegernos de los ataques químicos. Además quién nos podría asegurar que la pandemia no tiene el objetivo de hacernos ciudadanos cada vez más globales.

 

 

Fahrenheit 451

 

De la pluma de Ray Bradbury sale otra opción: Fahrenheit 451. Cuántas veces no hemos desechado libros como personas. En lugar de leerlos o conocerlas, hemos preferido quemarlos con el fuego de nuestra ignorancia. Esta obra del escritor estadounidense nos muestra que el hombre adopta actitudes muchas veces contrarias a su propia lógica. En un futuro que no se define, se narra la labor diametral de los bomberos que, en lugar de apagar incendios, tienen como misión quemar libros, bibliotecas, librerías, estantes y todo lo referente a documentos que perpetúen conocimientos o datos que puedan ser de utilidad para ser consultados por el hombre.

La directriz de esa civilización futurista es que los libros, como el conocimiento, sólo traen infelicidad para la humanidad. Por supuesto, cuando Bradbury escribió esta novela en 1953, los libros eran absolutamente impresos, tal y como Johannes Gutemberg los había creado en 1452. De hecho, nunca me había preguntado a qué temperatura arden los libros cuando se les quema, hasta que leí esta novela en la clase de Literatura I en el Colegio de Ciencias y Humanidades Azcapotzalco (que por cierto, este 2021 cumple su 50 aniversario de existencia). Es precisamente a los 451 grados Fahrenheit que las hojas de papel comienzan a estrujarse ante las llamas.

Acerca de esta obra se han realizado dos filmes, uno en 1966 en el Reino Unido bajo la dirección de Francois Truffaut con Oskar Werner como Guy Montag y la fascinante Julie Christie como Clarise Mclillan. El otro a cargo de Ramin Bahrani con Micheal B. Jordan y Sophia Boutella en los estelares. Ambas versiones son muy buenas, sólo que la más reciente ya incluye la tecnología digital en la que los usuarios de las redes sociales pueden calificar el incendio, el cual se transmite por internet como un espectáculo público.

Los proscritos son los defensores de los libros, quienes incluso no dudan en morir quemados en sus propias bibliotecas. Esto desconcierta al bombero Guy Montag, que comienza a cuestionar sus acciones y a revalorar la valentía de quienes protegen las obras. A través de su vecina Clarise, conoce a un grupo de resistencia que ha encontrado una forma de preservar los libros y eso es memorizándolos. La persona que memoriza el libro, toma el nombre de éste, es decir, en lugar de llamarse Juan Pérez, ahora es Metafísica de Aristóteles y en adelante él será esa obra. Es aquí donde veo un motivo que nos puede ayudar a comprender el porqué debemos adoptar las medidas sanitarias contra el Covid-19, o sea, convertirse en una comunidad anticoronavirus que nos ayude a preservarnos como el libro de vida que somos. La comunidad está aislada, se esconde de las autoridades, pues tiene la misión de salvaguardar la obra escogida, se rigen bajo un código de silencio, están distanciados para cualquier posibilidad de reaccionar y, sobre todo, están confinados para su propia protección y sin contacto con la civilización.

 

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